Walter White, el antihéroe definitivo

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Antihéroe. Dícese del personaje que, aunque es el protagonista de la serie, toma decisiones cuestionables y hace cosas malas, más propias del “villano” que del personaje principal. En televisión, se pusieron de moda los antihéroes, en su vertiente hombres de mediana edad en crisis, con Tony Soprano, pero fue Walter White quien llevó ese tipo de personajes a su refinamiento máximo. Después de Breaking Bad, no tenía ningún sentido que las series siguieran poniendo a antihéroes en su centro porque Walter era el exponente definitivo de ellos.

Vince Gilligan afirmaba que la serie era el camino por el que un profesor ejemplar se convertía en el gánster Scarface y, para ello, hacía falta que ya hubiera cierta oscuridad en su interior. Heisenberg no viene de ninguna parte; cuando Walter toma la decisión de cocinar metanfetamina puede decirse a sí mismo que lo hace para que su familia no pase apuros económicos cuando él ya no esté, pero en realidad lo hace por él mismo. Por eso es el antihéroe definitivo; nadie lo empuja a tomar esas decisiones que cada vez lo adentran más y más en el lado oscuro, nadie lo obliga a convertirse en un narco despiadado y cruel. Lo hace porque quiere. Porque le gusta.

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Y los espectadores estaban encantados con ello. Su apoyo incondicional a Walter es otro de los signos de que, tras él, se rompió el molde de los antihéroes. Ninguna de las brutalidades que cometiera les parecía mal, es más, querían ver a Heisenberg reinar para siempre. Y cuando la serie empezó a mostrar que ese reinado tenía fecha de caducidad, que había una cuenta atrás para su final, todavía más espectadores quisieron ver si Heisenberg conseguía sobrevivir.

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Porque Heisenberg era la verdadera naturaleza de Walter. En cuanto se liberó de sus complejos, salió a la luz la persona que siempre había guardado en su interior y siempre había querido ser. Alguien más seguro de sí mismo, con mayor control sobre su vida. El problema es que ese alguien, además, era un criminal. Breaking Bad destiló la figura del antihéroe hasta su esencia y, tras su final, cualquier otro intento de construir una serie alrededor de ese arquetipo ha sonado impostado, una copia desvaída del ejemplo más puro. Tony Soprano ya era un gánster; Walter White elige serlo.

De algún modo, él ha marcado el final de esa primera etapa de “la nueva edad dorada de la televisión”, si queremos llamarla así. ‘Los Soprano’ dio el pistoletazo de salida para que se probaran cosas diferentes en la pequeña pantalla, para que se pusiera al frente de las series a personajes que no eran, precisamente, los héroes a los que el espectador estaba acostumbrado, y Breaking Bad culminó todo ese camino con el viaje de Walter White hacia Heisenberg, un viaje que ya no podía hacerse mejor. Así que la segunda etapa de este periodo pertenece ahora a las mujeres, a las heroínas multifacéticas y a las historias que se acuerdan de que los personajes que no son hombres blancos de mediana edad en crisis también pueden anclar series de televisión interesantes, divertidas y con algo que decir. Pero eso ya es tema para otro día.

Por Marina Such @MissMacGuffin

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