La mosca es el problema

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Si quieres crear tensión en una conversación sobre ‘Breaking Bad’ lo más sencillo es pronunciar el nombre de uno de los insectos más molestos de la Tierra, la mosca. Algunos gestos se torcerán, otros se limitarán a asentir mientras reflexionan internamente sobre el “capítulo de la mosca”. El décimo de la tercera temporada, ese en el que Walter y Jesse se pasan los minutos, y las horas, tratando de cazar un maldito bicho volador. Ese en el que el frío laboratorio en el que elaboran metanfetaminas se convierte en el escenario principal de la acción. Que en realidad no es tal, sino una sucesión de monólogos y conversaciones reveladoras en las que Walter y Jesse ponen sobre la mesa sus diferencias pero también su compromiso con el negocio. Y también con el otro.

Recuerdo que cuando vi por primera vez ‘Mosca’ me quedó la sensación de haber asistido a una función de teatro. A excepción de la escena inicial y la final, los encuentros en el aparcamiento y la aparición de Jesse en las instalaciones de la lavandería, el capítulo discurre entre las cuatro paredes del laboratorio. Cuando comenzaron los créditos finales no podía dejar de pensar en ese escenario imaginario sobre el que yo había visto ese, perdonadme la cursilada, “tête à tête” entre dos fuerzas de la interpretación en estado de gracia. Dos hombres fundidos con sus personajes, seres que atraviesan por momentos muy diferentes y esconden secretos demasiado importantes que apenas pueden resistir el poder de unos cuantos somníferos.

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Escrito por Sam Catlin y Moira Walley-Beckett, que dos temporadas después logró un Emmy por el guión de ‘Ozymandias’, ‘Mosca’ es un capítulo esencial para Breaking Bad. Porque por mucho que se empeñen algunos en señalar que “no pasa nada” en los 47 minutos que componen el episodio pasan más cosas que en alguna de las primeras temporadas de ‘Juego de Tronos’. El recuerdo permanente de Jane, la obsesión de Walter disfrazada de mosca, la sospecha sobre Jesse por la ausencia de unos gramos de meta son algunos de los conflictos que atraviesan los protagonistas. Luchas internas que, en el caso del exprofesor de química, termina desembocando en un descorazonador monólogo en el que reconoce que ha hecho daño a demasiada gente y que no merece seguir viviendo.

Antes de llegar al drama, tanto para los protagonistas como para el insecto de marras, ‘Mosca’ se traslada durante unos segundos al humor gestual más clásico, con Walter y Jesse golpeándose mutuamente con el innovador matamoscas construido por el primero. O se sirve de las discusiones más absurdas, con la fuga de ébola y los trasbordadores espaciales de Jesse tratando de comprender la obsesión del “Sr. White”. Una combinación de grandes momentos entre los dos únicos actores del elenco principal que participan en el episodio, Bryan Cranston y Aaron Paul.

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A pesar de las confesiones que Walter casi hizo, y Jesse no entendió, de la intimidad que por un momento creyeron compartir, cuando abandonan el laboratorio la “alianza contra la mosca” se rompe. Tras su inconsciente desahogo, Heisenberg no pierde la oportunidad de hacerle saber a su compañero de negocios que si es el responsable de la desaparición de unos gramos de meta, no podrá protegerle. Y este le responde que no le está pidiendo que le proteja. El final del hechizo que había logrado reunir a dos personajes distanciados por los secretos y las mentiras. Un desenlace más lógico de lo que puede parecer. Porque como insiste en señalar Walter a lo largo del episodio “todo está contaminado”.

Por Aloña Fernández @Anade

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